Tendiendo puentes
Espero hayas tenido un lindo puente, que te hayas celebrado y hayas podido ejercer compasión propia y hacia tus seres queridos. Lo mismo les deseo a los líderes políticos de actualidad nacional estos días. Yo, como probablemente tú también, tengo ganas de estar enfadado, decepcionado. Los vaivenes para crear un espacio común de confluencia de las fuerzas progresistas a nivel estatal están, como de costumbre, consiguiendo un buen circo mediático que desgaste a todos hacia abajo.
Unos se arrogan generosidad, mientras que marcan sus exigencias de negociación a golpe de tuit; otros se desdicen de lo que vienen diciendo un año entero de lo importante que es el método, la ciencia y el orden; por allá piden primarias; por aquí, que se respeten los lazos territoriales de cada organización; y todavía hay algunos que, por no perderse la fiesta, están agradecidos de poder participar.
Sí, tengo ganas de ser ácido y echar culpas y señalar. Pero entonces recuerdo que vengo de un puente, que se suponía que era para descansar, bajar un cambio. Quizá hacer un poco de grounding. Pensar en qué dice de mí todo esto. Si me interpela tanto, si me ofendo, me hieren estas imágenes, es porque hay algo que resuena en mí en todo esto. Me creo que podamos tener un país mejor, y me creo que sea posible hacerlo en equipo y en buena compañía. ¿Quizá piense que yo haría las cosas de manera diferente? Pero entonces... ¿por qué yo sí y ellos no? ¿Será pura mezquindad lo que los mueve? ¿Acaso son todos los políticos unas ratas traidoras? ¿No será acaso que tienen que reconciliar intereses muy contrapuestos?
Pensémoslo por un momento. Esta gente está al frente de grandes aparatos mediáticos. Lo que llamamos partidos políticos. ¿Cómo reconcilias tu proyecto de transformación con la realidad de que tu organización necesita recursos para subsistir? ¿Cómo logras establecer puentes de confianza con otras fuerzas cuando tienes todas las televisiones revelando cada conversación privada que tienes? ¿Cómo mantienes la compostura al traicionar tus promesas electorales cuando estás en el gobierno? ¿Cómo generas un método de renovación de liderazgos que no se convierta en una guerra civil dentro del partido?
La respuesta a muchas de estas cosas es tristemente sencilla: haciendo exactamente lo que estamos presenciando por la tele y redes. Más que enfado ya me dan pena. Pero no lo digo con sorna, sino de verdad. Me compadezco de estas personas, tan ilusionadas y convencidas de mejorar la vida de sus paisanos, que vean sus proyectos tan limitados por esta realidad. Esta trituradora de personas que es la lógica electoral fuerza además a dejar a muchas personas muy valiosas por el camino. Y los que consiguen sobrevivir o bien se acostumbran a la contradicción entre persona y personaje, o bien siempre fueron capaces de mantener esa contradicción y por eso logran triunfar. El resultado final es que llenamos nuestros parlamentos de ilusos incapaces o de sociópatas voraces... perdón, que me vuelve un reflujo de acidez.
Pensemos pues, ya que al menos en mi ciudad estamos viendo las primeras decoraciones callejeras de Navidad, qué regalito le podemos hacer a nuestros amados líderes. Yo tengo uno muy bonito: democracia.
En democracia la voz del pueblo no necesitaría ser filtrada por organizaciones privadas opacas, sino que se expresaría directamente en las instituciones de representación. En democracia no sería necesario removernos las tripas con clips de tiktok de señoros insultándose y dando zascas por doquier, sino que el sosiego y la buena fe podrían orientar las conversaciones de las Cámaras. En democracia no haría falta engañar al público con promesas incumplibles, "reconsideraciones", bulos, mentiras, "cartas a la ciudadanía", lawfare, cloacas y destrucción reputacional, sino que la realidad presentada por expertos, a lo mejor de sus capacidades, estaría disponible para discutir entre la ciudadanía.
Esto no es una newsletter sobre utopías, esto te juro que ya está sucediendo, y se llama democracia deliberativa. En Irlanda una convención con ciudadanos sorteados propuso el matrimonio igualitario, que logró ganar un referéndum y cambiar la Constitución, y una asamblea ciudadana hizo lo mismo con el aborto. Resulta que si no sometemos a nuestros representantes a la presión de tener que ser reelegidos en masivos concursos de popularidad, las virtudes liberales y del pluralismo pueden florecer. En las asambleas o convenciones ciudadanas, se elige a gente común por sorteo, no por deber favores a tal o cual, o por haber conseguido la financiación de campaña del banco Pepito o del dictador Fulanito. No tienen un ego desmedido, ni una ambición ciega, sino que son integrantes de la comunidad. Carecen de una agenda de contactos que vender a los lobistas cuando terminan sus mandatos. Y están mucho más cerca de la realidad del coste de la vida que cualquier milloneti. Con su criterio ecléctico están mucho más dispuestos a escuchar y a aprender de todo aquello de lo que no sepan, al revés que los diputados, entre los que Derecho es de lejos la carrera más repetida, y que se apoyan en su hueste de asesores para parecer que pueden opinar de todo.
Me gustaría poder darles eso a todos los representantes electos de este país, y en particular a los líderes de sus formaciones, que sé que lo pasan mal con tanta presión encima. Quitémosle esa losa de encima, y construyámosles un puente para volver a ser los ciudadanos que son y poder defender sus ideas sin tener que venderse por el camino.
Un abrazo,
Nico